VENEZUELA.-San Cristóbal.- A la una de la tarde del sábado 20 de enero, el cementerio Jardín Metropolitano El Mirador ya contaba con un importante número de personas que aguardaban por el cuerpo de Lisbeth Andreina Ramírez Mantilla dado que se había anunciado que, posiblemente, a las tres, podría llegar a ese lugar
Lisbeth Ramírez, de 30 años de edad, técnico superior en Enfermería y estudiante de la carrera de Odontología murió junto a su novio, Jairo Lugo, y con ellos Óscar Pérez, Daniel Enrique Soto Torres, Abraham Israel Agostini, José Alejandro Díaz Pimentel y Abraham Lugo –este último hermano de Jairo– luego de un operativo militar realizado en El Junquito el pasado lunes.
La madre de la víctima aguardaba en un vehículo. Allí permaneció por horas. Su hermana, Shirley Correa Mantilla –quien acaba de superar un cáncer– consolaba a la señora y decía: “la gente debe despertar; ya basta de esta situación donde la gente pasa hambre, no hay medicinas y matan a las personas”.
La información de que el avión que traía el ataúd con Lisbeth iría primero a Maracaibo para dejar a los hermanos Lugo y Daniel Soto, caídos en la misma causa, inquietó a la familia.
Al cadáver de Lisbeth lo acompañaron dos hermanos en ese vuelo y los efectivos militares no les permitieron hacer llamadas para confirmar si iba o no al Zulia, por cuál aeropuerto llegarían, así como el cementerio donde sería trasladada. Fue a través de los periodistas, quienes se enteraron por otros colegas, los que confirmaron que la llegada de la joven se demoraría por ese motivo.
El padre de Lisbeth permanecía quieto, sentado en una acera. Uno de los principales temores era que tuviese una recaída porque había tenido un infarto recientemente. Los familiares iban de un lado a otro, preguntaban, llamaban, pero no tenían respuestas sobre la salida del avión de Maracaibo.
El cementerio Metropolitano se encuentra en una loma. Para llegar a él debe salirse del casco central y tomar la vía que conduce a la frontera para luego subir por una calle que aparta aún más al lugar de las zonas transitadas. A medida que iba oscureciendo, llegaba el frío y cinco postes de luz apenas iluminaban el espacioso lugar.
En cuatro oportunidades hubo movimiento porque alguien decía que el entierro podría ser en otro cementerio, aunque finalmente, desistían y aguardaban.
Los periodistas se mantenían en el lugar; la presencia de los padres y los sepultureros indicaban que allí llegaría el féretro.
La oscuridad reinó, no solo por la ausencia de luz sino también por la información. Familiares y amigos se organizaron y enviaron a motorizados a diferentes puntos para determinar qué vía tendría el carro fúnebre y así tener una pista del cementerio a donde irían.
La preocupación y el estrés aumentaron. Los hombres del cementerio que debían realizar la sepultura se retiraron y dijeron que a Lisbeth ya la habían enterrado en otro lugar.
A las ocho de la noche, los hermanos que vinieron con el cuerpo de Lisbeth llamaron a sus padres y les dijeron que sería en el cementerio La Consolación en Caneyes, municipio Cárdenas, donde llegarían. La caravana de vehículos se fue por la autopista, al otro extremo de donde estaba para el sepelio.
En la pequeña capilla del camposanto, un pastor evangélico dirigió los oficios religiosos. Las personas de la funeraria iban a subir el féretro al vehículo, pero la gente dijo que quería caminar, y así lo hicieron. En el pequeño trayecto, sin ningún tipo de iluminación, se escuchaba el Himno Nacional. Las luces de los teléfonos celulares alumbraban la vía.
Lisbeth fue enterrada a las nueve y media de la noche del 20 de enero entre las lágrimas y desconsuelo de sus familiares. Nuevamente las improvisadas linternas de los celulares, así como las luces de tres vehículos, alumbraron el espacio destinado para la joven.
Un hermano de la víctima agradeció al parlamentario Franklyn Duarte, a los medios de comunicación y a quienes estuvieron todo el día con ellos, por el apoyo que manifestaron sentir.
En el acto también hubo cánticos y consignas contra el Gobierno nacional.
Unas 300 personas aproximadamente estuvieron en el entierro. “Yo no la conocía, pero vine a despedirla”, dijo una mujer mientras caminaba en la penumbra luego del sepelio.
Los asistentes no dejaron de cuestionar la situación a la que estuvieron sometidos los deudos de Lisbeth Andreina Ramírez Mantilla sin tener datos precisos de la llegada del cuerpo y tampoco del cadáver. “Eso no tiene perdón de dios


No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Saludos a todos