.-Cuando se piensa en el Lejano Oeste americano vienen a la mente al menos tres cosas: Un pueblo polvoriento, un forastero de aspecto tosco y una pegadiza melodía llena de silbidos.
Todos estos elementos tienen su principal origen en una obra maestra del western europeo que en este 2016 arriba a sus primeros cincuenta años de existencia: “El Bueno, el Feo y el Malo”, considerada por Quentin Tarantino como la película mejor dirigida de la historia. En las siguientes líneas repasamos varias curiosidades relacionadas con ella.
Vaqueros en España
El cine del Oeste o “western” es el género por excelencia del cine estadounidense y también el más antiguo. Su gran popularidad durante la primera mitad del siglo XX se debió al hecho de que encarnaba la esencia de la nación americana, sus orígenes y su grandeza real o imaginaria. Esto daba pie a historias épicas con héroes casi perfectos y muchos discursos patrióticos y morales.
A mediados de la década de 1950, esta imagen impoluta empezó a resquebrajarse. Los cambios de mentalidad y el cuestionamiento de diversos aspectos cuestionables de la conquista del oeste (como el trato a los indios) llevaron a los directores a ofrecer visiones menos heroicas del género. A partir de los 60 la cantidad de westerns rodados en Estados Unidos descendió significativamente.
Pero mientras esto ocurría en América, el género empezaba a conocer una nueva edad de oro al otro lado del océano. En Alemania, España y sobre todo en Italia, varios cineastas armados con ideas frescas, presupuestos exiguos y mentalidad de negocio se dieron a la tarea de ofrecer una visión radicalmente nueva de las viejas películas de vaqueros tan queridas por el público.
Para ello contaron con el mejor de los escenarios: el desierto de Tabernas, único de su tipo en Europa, localizado en la provincia española de Almería. El régimen franquista estaba interesado en este tipo de iniciativas porque suponían apertura al mundo, prestigio internacional, entrada de divisas y trabajo para una de las zonas más pobres del país ibérico. Los productores, por su parte, se sintieron atraídos por los bajos costos y la semejanza de dichos paisajes con Arizona o Nuevo México. Se calcula que no menos de seiscientos de estos “spaghetti western” (como los llamó despectivamente la crítica) se rodaron desde inicios de 1960 hasta su decadencia a mediados de los 70.
Aunque la mayoría de estas producciones eran bastante mediocres, un buen puñado de ellas sobresale como clásicos de alta factura artística, entre ellas las dirigidas por Sergio Leone.
El padre de la criatura
Sergio Leone (1929-1989) no inventó el spaghetti western, pero si consolidó sus principales características estéticas y temáticas. Hijo de uno de los pioneros del cine italiano, Leone entró desde muy joven en la industria cinematográfica y llegó a ser asistente de dirección de grandes superproducciones estadounidenses de tema bíblico rodadas en Italia como “Quo Vadis?” (1951) y “Ben Hur” (1959). En 1961 debutó como director con “El Coloso de Rodas”, también ambientada en la antigüedad.
El Hombre sin Nombre
En su primera película del oeste, que pasó a tener el título definitivo de “Por un puñado de dólares”, Sergio Leone causó un auténtico terremoto en las convenciones que hasta entonces habían caracterizado al western estadounidense. Sus personajes no eran patriotas idealistas, sino antihéroes de moral dudosa, mercenarios y cazarrecompensas movidos por el afán de dinero. Como el propio director decía: “El verdadero oeste era un mundo de violencia, temor y puro instinto. No era una vida placentera o poética y la ley pertenecía a los más duros, a los más crueles, a los más cínicos”.
Todo eso y más era el personaje encarnado por Clint Eastwood, un sujeto rudo, sucio, de aspecto descuidado, mirada fría y penetrante y cigarro a medio fumar que llega a un pueblo en la frontera entre México y Estados Unidos y se aprovecha de la rivalidad entre dos familias para sembrar el caos y beneficiarse por ello. Nada que ver con el héroe perfecto y limpio de los westerns americanos. Ni siquiera se sabe su nombre, pues solo se le conoce por apodos como “Joe”, “Manco” o “Blondie”. “Nada de nombres, ni pasado, ni futuro. Solo presente”, decía Leone. De ahí que ésta y las otras dos películas que el director italiano rodó con el personaje pasaron a conocerse como la “Trilogía del Hombre sin Nombre” o “Trilogía del Dólar”.
El aspecto formal del film no fue menos rompedor: primerísimos primeros planos del rostro y los ojos, una violencia muy gráfica y lírica al mismo tiempo, montaje dinámico, largos silencios y ralentización del tiempo en las escenas de duelos para generar tensión hasta el clímax final.
La banda sonora corrió a cargo de un antiguo compañero de escuela de Leone, Ennio Morricone, quien optó por una innovadora mezcla de guitarras eléctricas, silbidos, chasquidos, látigos, metales, coros y voces sin letras. El director quedó tan fascinado con los resultados que convirtió la música de Morricone en un elemento central de su estética cinematográfica. Una vez dijo: "Si es cierto que he creado un nuevo estilo de western, con personajes picarescos elevados a situaciones épicas, entonces es Ennio Morricone quien los ha hecho hablar".
Los tres “amigos”
Tras el taquillazo de “Por un Puñado de dólares” Sergio Leone contó con mayor presupuesto (600 mil dólares) para su siguiente proyecto, “Por unos dólares más” en el que retomó al personaje de Clint Eastwood e incorporó al reparto a otro actor estadounidense en horas bajas que a partir de entonces se convertiría en una estrella del western europeo: Lee Van Cleef, sobre quien dijo el también director Sergio Sollima: “Nació con un rostro hecho a propósito para el cine. No hace falta que hable, pero sin hablar tiene una expresividad natural inconfundible”.
“Por unos Dólares Más” fue un nuevo éxito al estrenarse en 1965 lo que llevó al cineasta italiano a disponer de más de un millón de dólares para la última película de la “Trilogía del Dólar” y también la más larga, pues su metraje alcanza las dos horas y media. Leone Volvió a contar con Eastwood y Van Cleef y sumó a un nuevo intérprete norteamericano: Eli Wallach, quien se sintió perplejo cuando el director lo invitó a actuar en un spaghetti western: “Eso me sonó como pizza hawaiana”, dijo años después.
Clint Eastwood no quedó muy contento con el guion de la película, pues sentía que le restaba protagonismo a su personaje. Exigió un Ferrari, 250 mil dólares de salario y por primera vez cobró porcentaje de taquilla al demandar el 10% de los beneficios de la cinta en Estados Unidos.
“El Bueno, el Feo y el Malo” se ambienta en los últimos días de la Guerra Civil estadounidense (1861-1865) y sigue a tres sujetos que buscan hacerse con un botín de 200 mil dólares enterrado en un cementerio: “Blondie” (Eastwood), un taciturno pistolero; “Tuco” (Wallach) un bandolero mexicano; y “Angel Eyes” (Van Cleef) un sádico cazarrecompensas y sargento del bando unionista.
El rodaje tuvo lugar en España entre abril y junio de 1966. Además de Almería, locación habitual de los dos films anteriores de la trilogía y de la mayoría de los spaghetti westerns, Leone filmó también en la provincia de Burgos más al norte, siguiendo las recomendaciones de un productor catalán. Participaron más de mil 500 extras del ejército español, muchos de ellos jóvenes en su período de servicio militar.
La filmación tuvo que soportar algunos percances. El alcoholismo de Lee Van Cleef era tan problemático que Leone tuvo que traer desde Estados Unidos a la esposa e hija del actor para que éste se moderara. La escena de la voladura del puente tuvo que hacerse tres veces, pues la primera detonación fue insatisfactoria y la segunda la efectuó un capitán español por error antes de que las cámaras empezaran a grabar. Como Leone no hablaba inglés, debía comunicarse por señas o con intérpretes con Eastwood, aunque se entendía en francés con Wallach.
Twitter: @mhnissnick




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